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A DUAS VOZES - A DOS VOCES

PRESENTACIÓN DE ‘A DUAS VOZES / A DOS VOCES’, DE ÁLVARO ALVES DE FARIA Y LEOCÁDIA REGALO. POR JUAN CARLOS MARTÍN

  Não se espera um convite para escrever um livro a dois. Ele surge-me, irrecusável, pela voz dum grande escritor brasileiro, e não é fácil acreditar que somos convocados para partilhar o acto poético no que ele tem de mais íntimo e de intrinsecamente criativo.

Tinha conhecido Álvaro Alves de Faria, há alguns anos, numa sessão organizada pelo nosso  editor,  o escritor Jorge Fragoso, entre amigos poetas, no Salão Brasil, em Coimbra.  Descobri a sua poesia e, a partir daí, fui saboreando o travo ora doce ora cortante dos seus poemas, em livros editados em Portugal e no Brasil, sorvendo como um bom vinho aquela escrita de eloquente cunho literário, que me trazia um Poeta a contas consigo próprio e com a vida, na autenticidade da  sua múltipla dimensão existencial: do júbilo à náusea, do grito ao silêncio desejado, quase trapista, da afirmação peremptória à desistência profunda, da vida vivida ao “desviver” procurado.

O desafio que me foi lançado pelo Poeta deixou-me perplexa: pegar no(s) último(s)  verso(s) do poema que ele me enviaria por e-mail  e iniciar com ele(s) o meu poema. Mas isto pressupõe uma disciplina imensa, até porque não sou repentista... No entanto, as suas palavras de confiança e incentivo foram decisivas para mim. Numa caminhada que fomos fazendo ao longo de dez meses, assim se encadeou a nossa produção poética. Quando eu demorava mais algum tempo a enviar para o Brasil o meu poema, porque a dispersão ou a falta de tempo interior me embotavam a criação, o Álvaro, naquela sua ternura tão peculiar, procurava-me num e-mail: “Leocádia, cadê você?” E eu respondia-lhe com o poema de volta e ele contestava, que não era pelo poema, “tem que se dar ao poema o tempo que o poema exige para ser escrito”, apenas queria saber de mim...

Este livro, por ventura inédito na sua concepção, foi uma aventura fascinante pela forma dialógica que nele é cultivada. Até porque o leitor se vai deparar com duas poéticas distintas, como não poderia deixar de ser: uma voz masculina e uma voz feminina que alternadamente entoam uma pauta em que o discurso e a melodia não são os mesmos; no entanto, paradoxalmente complementam-se, quantas vezes por antítese ou por ironia, num diálogo operático que é reflexo da questionação, do incitamento, do distúrbio, da lamentação, da surpresa, da indagação que toda a poesia contém em si, como manifesto conhecimento da humanidade e da vida.

São sempre parcas as palavras para agradecer ao Álvaro Alves de Faria este convite que tanto me honrou e que me permitiu ter com ele um relacionamento mais próximo, no que concerne à génese da sua poesia e no tocante à riqueza da sua individualidade. Neste abraço fraterno que me deixa desta vez ligada ao Brasil pela poesia, quero ficar envolvida e sempre agradecida.

 

Leocádia Regalo

Coimbra, 25 de Maio de 2018

Presentación de A DUAS VOZES, A DOS VOCES, de ÁLVARO ALVES DE FARIA (Brasil) y LEOCÁDIA REGALO (Portugal), publicado por Trilce Ediciones (Salamanca, 2018), con pórtico de Alfredo Pérez Alencart y pinturas de Miguel Elías.

 

En cada poema se puede raspar el relieve de las sílabas hasta hallar la máscara del poeta. El poeta y la poeta pueden aspirar a deshacerse de ella buscando espejos develadores, pero todo espejo de fabricación propia está condenado a la parcialidad, a la fragmentación, para la protección del rostro.

Se necesita el espejo del otro, que sea también poeta, pero que, en la igualdad, sea diferente: ambos personas, pero hombre y mujer; ambos de habla portuguesa, pero de extremos distintos (en sus léxicos, peculiaridades e imaginarios); ambos artistas de la palabra, pero con tonos y estilos diferenciados.

No tenemos, pues, dos voces que se alternan, sino una exploración poética y personal a dos voces.

La figura del espejo, el misterio del rostro, es uno de los temas más presentes en este diálogo. Pero no sé si “diálogo” es la palabra adecuada. Tal vez sea un partido de tenis; o de ping pong, por el acortamiento de la distancia; o de pelota vasca, de frontón, por chocar ambos contra una pared (la imposibilidad de definir los objetos de su conversación). Pero nada de eso vale, porque entonces estaríamos hablando de quién se lleva el punto, y aquí se trata de algo muy diferente. Creo que solo hay una ocasión en la que parece que “discuten”. Tampoco veo la parte lúdica de la pelota, ni siquiera la previsible complicidad tras haberse puesto de acuerdo en escribir este poemario. Lo que palpo es más bien un fuerte sentido de compromiso. Se produce un continuo traspaso de la patata caliente sobre el sentido, la esencia, la utilidad, ¡ay, la utilidad!, de la poesía. Los poetas sienten pudor al hacerse a sí mismos ciertas preguntas en voz alta, pero encuentran consuelo al recibir respuesta… No sé si espuesta, pero, en todo caso, sí la recepción que permite llegar a la noche mil dos y seguir contando.

¿Buscan eco el uno en el otro? No, en realidad son dos Sherezades, como insinúa Leocádia en el poema 4, que ponen su esperanza la una en la otra para que las mil y una noches sean infinitas.¿Hay influencia recíproca? Para enriquecer su arte verbal, un poeta reflexiona sobre qué es la poesía, pero, como escuché decir al gran António Salvado al calor de una sopa en Toral de los Guzmanes: “Cuando decimos que vamos a

hablar de poesía, siempre acabamos hablando de poetas”. Por eso mismo, las poetas y los poetas necesitan encontrarse en las Salamancas del mundo o en la correspondencia reflejada en este libro, que es el ejercicio más valiente que concibo. Dice el proverbio bíblico: “Hierro con hierro se aguza; Y así el hombre aguza el rostro de su amigo”. La amistad, pues, la fraternidad poética, cuando se ejercita, templa la espada del hermano, la afila y le pone un espejo delante, un cojín de seda que rasgar como Saladino con su alfanje. El roce de los dos filos aguza aún más los metales, pero, sobre todo, destila gotas de verdad.

Entre otras cosas, se preguntan si sirve para algo la poesía ¿Para denunciar acaso? Regalo advierte: “El muro de las lamentaciones / se desmorona en acusaciones. / Lo cierto es que los agravios / las quejas los pecados /

desbordan la capacidad / de denuncia”.

Lo mejor del libro, a mi juicio, es la insuperable colección de metáforas, símiles y figuras de todo tipo con que se trata de explicar la esencia de la poesía, o al menos del quehacer poético. Sí, en todo caso el quehacer o el anhelo poético, porque ambos autores (sobre todo él) insisten en más de una ocasión en la imposibilidad de definir, casi diría que de escribir, la Poesía. Se palpa la frustración, resignada pero no rendida, que no obstante sigue alimentando su objeto inalcanzable. Leemos de Faria: “La poesía me hace morir todos los días,

/ como si la vida fuese un poema, / y no es nunca será”; “Quería ser el poeta de mi calle … ojalá tuviera la sensación del deber cumplido” ; “Me falta andar dentro de mí, / buscándome inútilmente, / como el poeta que ya no soy”;

Leocádia Regalo menciona la “poesía que escribo en esta arena / asolada por inminentes temporales”.

Existe una distancia infranqueable entre la poesía y el poema, y entre ambos y la vida, como si vivieran en dimensiones distintas. No se queda en la mera frustración, llega a la destrucción, al daño del cuchillo recurrente en este libro, es “la llaga encendida que quema” todo lo que el poeta crea o pergeña. Poesía, entrópica en su autodestrucción efímera, se quema, se estrella, y ahí está, en los veintiún gramos.

Se ceden el uno al otro guantes gruesos y aislantes para enfrentarse “al alto voltaje de la página en blanco” (Leocádia). Ambos parecen en varios momentos sentirse culpables de ser irremediablemente fieles al llamado de la poesía: “No tengo donde llegar; /la poesía me hirió para siempre”, dice él. Ella confiesa en los últimos versos del libro que busca un “Canto … que … apacigüe / toda esta culpa mía / de haber entregado a la poesía / esta máscara impenitente / que cubre mi rostro / en cada poema”. Este es uno de los campos imaginarios o poéticos más presente: el del espejo y el rostro. Pero en su exploración se ayudan también del combate entre recintos y espacio de vuelo y navegación.

Pueden ser recintos sagrados (templos, catedrales iglesias, monasterios) y no sagrados (celdas, la casa, la intranquila morada, las paredes; incluso bolsillos, cuadernos, lugares al fin y al cabo donde guardar algo); se enfrentan al vuelo con alas rotas o prestadas, aparecen en numerosas ocasiones con pies mojados (de navegante, de náufrago). Él dice casi al principio: “Hoy vivo con los pies mojados / y con las alas rotas / dentro de un espejo /que no sé dónde guardé”. Navegación, vuelo, rostro, alojamiento son hilos que trenzan a cuatro

manos este bendito experimento.

He detectado un solo caso en el que parecen discrepar explícitamente. Tiene que ver con otra de las figuras recurrentes en el libro, la de la vida de las flores.

Ella concluye uno de sus poemas diciendo: “Cultivar flores y saber florecer / —un designio al que los dioses / vinculan el poeta”. Pero él la trata de desengañar: “Perdidos en sí mismos, / los poetas ya no cultivan flores; /

solamente las que están enfermas”, y sigue: “cuando yo era poeta…”. De todas formas, cuando antes ella había dicho: “Vegetal debería ser / la vocación del poeta / … / Entonces la poesía sería savia”, él complementa: “Entonces la poesía sería savia / y el poeta el tallo de sí mismo”, para culminar con algunos

de los versos, en mi opinión, más potentes del libro: “Poeta condenado a la vida, / actúo en legítima defensa / para lanzarme a los abismos / con mis alas rotas. / Los abismos me engullen / y entonces siento la poesía / y su cuchilla / que me atraviesa”.

Entre los versos de Leocádia Regalo destacaría los ya citados que ponen fin al libro, pero también esta sencilla y gigantesca declaración: “Porque una sola palabra / basta para dibujar la curva del asombro”.

Una clave trascendental de su vivencia de la vocación poética la encontramos en el sexto poema: “No tengo donde llegar; / la poesía me hirió para siempre” (Álvaro); “La poesía me hirió para siempre / con una flecha envenenada / con el asombro y el milagro” (Leocádia). Herida, cuchillo, corte, dolor y, aquí, flecha envenenada impregnan el poemario de un sentido de lucha, agonía, arrastrada desde el pasado, imposible de abandonar. A este respecto, tengo la sensación de que él se alimenta del concepto herida para seguir viviendo la poesía,

mientras que ella se atreve a darnos una visión menos atormentada, en ese mismo poema 6: “Reconciliada con la herida / la poesía nace ilesa / inadvertidamente poseída / por el fulgor de las mañanas luminosas / por la profunda inquietud / de las preguntas abiertas / por la alianza persistente / entre lo que se dice y no se dice / como si fuera un misterio”.

¿Conclusión? No hay conclusión. El poema final (nunca el adjetivo “final” fue tan inadecuado) no pone el colofón con ninguna máxima. Todo lo contrario, contiene los versos más vacilantes de todo el libro: “Solo quiero volver, / pero no sé a dónde”, seguido de cinco “tal vez” y una nueva constatación de la herida de la poesía, por último en forma de culpa.

Sí, es una lucha, semejante al agon unamuniano con su fe, que aquí se libra en torno al misterio de la poesía. Y no salimos ilesos. Encontrar buenos compañeros de armas es uno de los mejores lujos que nos podemos permitir en estas lides. Así que enhorabuena a ambas voces.

 

[PD: propongo recorrer el libro de final a principio en su segunda lectura]

 

Juan Carlos Martín Cobano

Salamanca 2018

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(Pórtico)

 

 

DOS VOCES ENTRAÑABLES

DE UNA Y OTRA ORILLA DEL PORTUGUÉS

 

 

I.

 

Un privilegio inusual este: enhebrar algunos pareceres sobre una propuesta poética que enlaza a dos países y a dos poetas de un mismo idioma: el portugués. Dos voces que, al alimón, acomodan su canto o expresión a los versos que rematan cada poema, plegaria y gemido a la vez, o respiradero de escondidas venas.

 

 

II.

 

La buena Poesía de cierto que salva de los estragos momentáneos, pero también puede ayudar a  sobrellevar el caudal de desasosiegos que acompañan al ser humano: versos enfebrecidos o prudentes, cuales bombas que estallan a quemarropa o están repletas de jazmines; versos donde se contienen la sangre o los secretos del autor; ríos de amor o desamor; poemas de la tristeza de hoy y del tiempo subsecuente: todo confluye, también la abundancia del caos y la ordenación que abre surcos hacia el espíritu que nos abraza lejos de la manada de esquiroles. La buena Poesía puede tratar de ciertos instantes felices, todavía no carbonizados por la realidad más inmediata; pero también abordar lo sucedido a hombres y mujeres que llevan entre sus dedos unas violetas muertas o la documentación de innúmeras caídas.

 

 

III.

 

Él aprieta en su puño las ramas arrancadas de un Paraíso que entiende extinto. Y todo pareciera ser Ex y/o ensayos finales en torno a la telaraña azul de la existencia.

 

Pero he ahí la poderosa fuerza de unas palabras que iluminan nuestra confianza en la Poesía. Lo escrito desde sus primeros libros de versos son frutos de una identidad que se expande indivisa, germinando una y otra vez, cuales cánticos llenos de vértigo y de necesidades. Por eso, en este nuevo aporte, balbucea lo que siente muy en sus adentros: “Busco la iglesia de los desesperados/ pero no sé las oraciones necesarias./ Mientras,/ me salva el silencio/ porque no tengo nada más que decir”.

 

Rebalsa sus silencios y rescata lo que esconde o guarda en sus pozos profundos. Y dice, ya en su condición de náufrago perpetuo: “No tengo donde llegar;/ la poesía me hirió para siempre”.

 

Él es Álvaro Alves de Faria, un Poetón que sabe de las previsiones del mañana. En tal sentido, sin buscarlo siquiera, se viste de resurrección, aunque se empeñe anotar: “Una marca de sangre en la piel/ se volvió mi identidad./ También la mirada, que se perdió para siempre”.

 

No obstante su confeso deseo de que las palabras posibles se nieguen a salir, todas se le presentan junto a sus lágrima reunidas, junto a la precisión de sus temores, junto a los cuchillos que la multitud olvida…

 

 

IV.

 

Ella agradece el impulso para dar el salto más allá de cualquier parte: el paseo levantando el mar bajo enormes candelabros que alumbran con luz distinta a la artificial: la realidad encalla en sus párpados y escribe con las contraseñas requeridas, anotando: “…encuentro en el otro/ lado la voz que/ me despierta del letargo/ de las horas de renuncia”.

 

Poemas o cataplasmas que la alzan en vilo y permiten que sienta cómo crece su corazón desde el alba hasta el ocaso: y vuelta a la poesía al lado de un Poeta de gran temperatura. Así ella redime las jornadas, con sencillez, haciendo memoria y alejándose de las ornamentaciones: “Como si recordar fuese /el camino seguro/ para apaciguar la memoria/ el dolor de lo que perdimos”.

 

Ella es Leocádia Regalo, natural de un confín portugués donde siempre es posible que regrese: “Tal vez/ a una mesa puesta/ en el porche frente al mar/ con los frutos que la Isla me ofrece”. Pero también es de Coimbra, donde cultiva “las flores del amor cuando las guardo en un jardín secreto donde solo yo puedo entrar”. Lo recóndito, lo más íntimo al vaivén de la vigilia y del sueño. También del chubasco de quimeras y de las palpitaciones alrededor de lo inconfesable: “El jardín era entonces/ el refugio de los secretos/ dentro de mí/ guardados como lunas/ irradiando su luz/ difusa sobre los pasos/ que escucho en la noche”.

 

 

V.

 

Dos voces de un mismo idioma; dos acentos aclimatados en distintas latitudes: un hombre en diálogo con una mujer; dos poetas en un acercamiento de confidencias que trascienden fronteras, al ser inherentes a personas del mundo entero.

 

Veinte cantos o píldoras cada uno. Cuarenta textos alejados de toda placidez, cual mosaicos rotos que se recomponen tras su lectura de principio a fin.

 

El lenguaje y su temblor,

lo que nos abisma y nos hace despertar.

 

 

VI.

 

Alves de Faria talla inseguros laberintos o razones para el desasimiento. Pero también, en el fondo, reconoce el anclaje de una poesía entrañada, difícil de extirpar de nuestro ser: “La poesía no existe en esta sala/ de desasosiegos,/ la poesía no es,/ no se hace ni se siente,/ no alberga el silencio necesario,/ pero está debajo de la piel/ donde duermen/ todos los fragmentos”.

 

Regalo atestigua que, cuando la palabra ha sido limpiada de las muchas capas de grasa o basura que la recubre, bien puede ofrecernos alguna maravilla que nos vivifique: “Así pues, la convicción de la palabra/ pueda serenar/ o agitar/ las aguas profundas/ del justo latido. // Porque una sola palabra/ basta para dibujar la curva del asombro”.

 

 

VII.

 

Brasil y Portugal, y viceversa: unidos poéticamente por Álvaro y Leocádia. El primero, sin duda el más portugués de los poetas brasileños; la segunda, una portuguesa que va camino de abrasileñarse o de profundizar en la cultura de Brasil. El hecho de ser de las islas Azores le concede una enorme ventaja en esta travesía.

 

Para ambos, y por este magnífico ejercicio,

quede impreso mi aplauso y mis afectos.

 

Alfredo Pérez Alencart

Septiembre y en Tejares (2018)

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SOBRE LOS MISTERIOS DE LA CREACIÓN LITERARIA

Por Crear en Salamanca

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Leocádia Regalo, Álvaro Alves de Faria, A. P. Alencart y Jacqueline Alencar, autores y traductores del poemario

Crear en Salamanca tiene el privilegio de publicar el texto de presentación preparado por el escritor Juan Carlos Martín, en torno al poemario A DUAS VOZES, A DOS VOCES, de Álvaro Alves de Faria (Brasil) y Leocádia Regalo (Portugal), publicado por Trilce Ediciones (Salamanca, 2018), con traducción de Alfredo Pérez Alencart y Jacqueline Alencar; pórtico de A. P. Alencart y pinturas de Miguel Elías. Dicha presentación se celebró en el Centro de Estudios Brasileños de la Universidad de Salamanca, el pasado 17 de octubre, dentro de las actividades del XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos.

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Alves de Faria y Regalo, en la presentación (foto de J. Alencar)

‘A DUAS VOZES / A DOS VOCES’

 

En cada poema se puede raspar el relieve de las sílabas hasta hallar la máscara del poeta. El poeta y la poeta pueden aspirar a deshacerse de ella buscando espejos develadores, pero todo espejo de fabricación propia está condenado a la parcialidad, a la fragmentación, para la protección del rostro. Se necesita el espejo del otro, que sea también poeta, pero que, en la igualdad, sea diferente: ambos personas, pero hombre y mujer; ambos de habla portuguesa, pero de extremos distintos (en sus léxicos, peculiaridades e imaginarios); ambos artistas de la palabra, pero con tonos y estilos diferenciados.

No tenemos, pues, dos voces que se alternan, sino una exploración poética y personal a dos voces.

La figura del espejo, el misterio del rostro, es uno de los temas más presentes en este diálogo. Pero no sé si “diálogo” es la palabra adecuada. Tal vez sea un partido de tenis; o de ping pong, por el acortamiento de la distancia; o de pelota vasca, de frontón, por chocar ambos contra una pared (la imposibilidad de definir los objetos de su conversación). Pero nada de eso vale, porque entonces estaríamos hablando de quién se lleva el punto, y aquí se trata de algo muy diferente. Creo que solo hay una ocasión en la que parece que “discuten”. Tampoco veo la parte lúdica de la pelota, ni siquiera la previsible complicidad tras haberse puesto de acuerdo en escribir este poemario. Lo que palpo es más bien un fuerte sentido de compromiso. Se produce un continuo traspaso de la patata caliente sobre el sentido, la esencia, la utilidad, ¡ay, la utilidad!, de la poesía. Los poetas sienten pudor al hacerse a sí mismos ciertas preguntas en voz alta, pero encuentran consuelo al recibir respuesta… No sé si respuesta, pero, en todo caso, sí la recepción que permite llegar a la noche mil dos y seguir contando.

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Juan Carlos Martín Cobano en el Centro Brasileño

¿Buscan eco el uno en el otro? No, en realidad son dos Sherezades, como insinúa Leocádia en el poema 4, que ponen su esperanza la una en la otra para que las mil y una noches sean infinitas.

¿Hay influencia recíproca? Para enriquecer su arte verbal, un poeta reflexiona sobre qué es la poesía, pero, como escuché decir al gran António Salvado al calor de una sopa en Toral de los Guzmanes: “Cuando decimos que vamos a hablar de poesía, siempre acabamos hablando de poetas”. Por eso mismo, las poetas y los poetas necesitan encontrarse en las Salamancas del mundo o en la correspondencia reflejada en este libro, que es el ejercicio más valiente que concibo. Dice el proverbio bíblico: “Hierro con hierro se aguza; Y así el hombre aguza el rostro de su amigo”. La amistad, pues, la fraternidad poética, cuando se ejercita, templa la espada del hermano, la afila y le pone un espejo delante, un cojín de seda que rasgar como Saladino con su alfanje. El roce de los dos filos aguza aún más los metales, pero, sobre todo, destila gotas de verdad. Entre otras cosas, se preguntan si sirve para algo la poesía ¿Para denunciar acaso? Regalo advierte: “El muro de las lamentaciones / se desmorona en acusaciones. / Lo cierto es que los agravios / las quejas los pecados / desbordan la capacidad / de denuncia”.

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Lectura de J. Alencar, con A. P. Alencart, Faria y Regalo (foto de Joao Rasteiro)

Lo mejor del libro, a mi juicio, es la insuperable colección de metáforas, símiles y figuras de todo tipo con que se trata de explicar la esencia de la poesía, o al menos del quehacer poético. Sí, en todo caso el quehacer o el anhelo poético, porque ambos autores (sobre todo él) insisten en más de una ocasión en la imposibilidad de definir, casi diría que de escribir, la Poesía. Se palpa la frustración, resignada pero no rendida, que no obstante sigue alimentando su objeto inalcanzable. Leemos de Faria: “La poesía me hace morir todos los días, / como si la vida fuese un poema, / y no es nunca será”; “Quería ser el poeta de mi calle… ojalá tuviera la sensación del deber cumplido”; “Me falta andar dentro de mí, / buscándome inútilmente, / como el poeta que ya no soy”; Leocádia Regalo menciona la “poesía que escribo en esta arena / asolada por inminentes temporales”.

Existe una distancia infranqueable entre la poesía y el poema, y entre ambos y la vida, como si vivieran en dimensiones distintas. No se queda en la mera frustración, llega a la destrucción, al daño del cuchillo recurrente en este libro, es “la llaga encendida que quema” todo lo que el poeta crea o pergeña. Poesía, entrópica en su autodestrucción efímera, se quema, se estrella, y ahí está, en los veintiún gramos.

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Lectura de A. P. Alencart, con Alves de Faria y Regalo (foto de J. Alencar)

Se ceden el uno al otro guantes gruesos y aislantes para enfrentarse “al alto voltaje de la página en blanco” (Leocádia). Ambos parecen en varios momentos sentirse culpables de ser irremediablemente fieles al llamado de la poesía: “No tengo donde llegar; /la poesía me hirió para siempre”, dice él. Ella confiesa en los últimos versos del libro que busca un “Canto… que… apacigüe / toda esta culpa mía / de haber entregado a la poesía / esta máscara impenitente / que cubre mi rostro / en cada poema”. Este es uno de los campos imaginarios o poéticos más presente: el del espejo y el rostro. Pero en su exploración se ayudan también del combate entre recintos y espacio de vuelo y navegación. Pueden ser recintos sagrados (templos, catedrales iglesias, monasterios) y no sagrados (celdas, la casa, la intranquila morada, las paredes; incluso bolsillos, cuadernos, lugares al fin y al cabo donde guardar algo); se enfrentan al vuelo con alas rotas o prestadas, aparecen en numerosas ocasiones con pies mojados (de navegante, de náufrago). Él dice casi al principio: “Hoy vivo con los pies mojados / y con las alas rotas / dentro de un espejo /que no sé dónde guardé”. Navegación, vuelo, rostro, alojamiento son hilos que trenzan a cuatro manos este bendito experimento.

He detectado un solo caso en el que parecen discrepar explícitamente. Tiene que ver con otra de las figuras recurrentes en el libro, la de la vida de las flores. Ella concluye uno de sus poemas diciendo: “Cultivar flores y saber florecer / —un designio al que los dioses / vinculan el poeta”. Pero él la trata de desengañar: “Perdidos en sí mismos, / los poetas ya no cultivan flores; / solamente las que están enfermas”, y sigue: “cuando yo era poeta…”. De todas formas, cuando antes ella había dicho: “Vegetal debería ser / la vocación del poeta / … / Entonces la poesía sería savia”, él complementa: “Entonces la poesía sería savia / y el poeta el tallo de sí mismo”, para culminar con algunos de los versos, en mi opinión, más potentes del libro: “Poeta condenado a la vida, / actúo en legítima defensa / para lanzarme a los abismos / con mis alas rotas. / Los abismos me engullen / y entonces siento la poesía / y su cuchilla / que me atraviesa”.

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Juan Carlos Martín, Álvaro Alves de Faria y Leocádia Regalo (foto de J. Alencar)

Entre los versos de Leocádia Regalo destacaría los ya citados que ponen fin al libro, pero también esta sencilla y gigantesca declaración: “Porque una sola palabra / basta para dibujar la curva del asombro”.

Una clave trascendental de su vivencia de la vocación poética la encontramos en el sexto poema: “No tengo donde llegar; / la poesía me hirió para siempre” (Álvaro); “La poesía me hirió para siempre / con una flecha envenenada / con el asombro y el milagro” (Leocádia). Herida, cuchillo, corte, dolor y, aquí, flecha envenenada impregnan el poemario de un sentido de lucha, agonía, arrastrada desde el pasado, imposible de abandonar. A este respecto, tengo la sensación de que él se alimenta del concepto herida para seguir viviendo la poesía, mientras que ella se atreve a darnos una visión menos atormentada, en ese mismo poema 6: “Reconciliada con la herida / la poesía nace ilesa / inadvertidamente poseída / por el fulgor de las mañanas luminosas / por la profunda inquietud / de las preguntas abiertas / por la alianza persistente / entre lo que se dice y no se dice / como si fuera un misterio”.

¿Conclusión? No hay conclusión. El poema final (nunca el adjetivo “final” fue tan inadecuado) no pone el colofón con ninguna máxima. Todo lo contrario, contiene los versos más vacilantes de todo el libro: “Solo quiero volver, / pero no sé a dónde”, seguido de cinco “tal vez” y una nueva constatación de la herida de la poesía, por último en forma de culpa.

Sí, es una lucha, semejante al agon unamuniano con su fe, que aquí se libra en torno al misterio de la poesía. Y no salimos ilesos. Encontrar buenos compañeros de armas es uno de los mejores lujos que nos podemos permitir en estas lides. Así que enhorabuena a ambas voces.

 

[PD: propongo recorrer el libro de final a principio en su segunda lectura]

 

 

 

Juan Carlos Martín Cobano

 

Salamanca 2018

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Los poetas Álvaro Alves de faria y Leocádia Regalo (foto de J. Alencar)

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Treinta autores de España y América se suman a la Fonoteca de Poesía Contemporánea

VOCES GRABADAS

Iniciativa de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos, a través de thebooksmovie.com

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Louis Bourne en una de estas grabaciones

A partir de su XXI edición, recientemente celebrada, los Encuentros de Poetas Iberoamericanos, coordinados por Alfredo Pérez Alencart, incorporan a su amplio abanico de actividades y propuestas, la grabación de las voces de algunos de sus poetas invitados, leyendo sus propios poemas.

Para ello se desplazaron a Salamanca los responsables de thebooksmovie.com, Roberto Rodes y María Luisa López, quienes grabaron a los siguientes poetas: Álvaro Alves de Faria (Brasil), Renée Ferrer (Paraguay), Ángela Gentile (Argentina), Marcelo Gatica (Chile), Nilton Santiago (Perú), Juan Carlos Olivas (Costa Rica), Juan Mares (Colombia),  Balam Rodrigo (México), Magdalena Camargo, Gahston Saint-Fleur (Haití), Javier Alvarado (Panamá), Louis Bourne (Estados Unidos), Carmen Bulzan (Rumanía), Boris Rozas (Argentina-España), Alexander Anchía (Costa Rica) y Drago Stambuck y Zeljka Lovrencic (Croacia).

Entre los poetas salmantinos y de otras regiones de España a quienes se grabó leyendo sus textos están Cecilia Álvarez, José Antonio Santano, Aída Acosta, Santiago Redondo Vega, Xenaro Ovín, Asunción Escribano, Carmen Prada, Elena Díaz, Juan Carlos Martín Cobano, Luis Carnicero y Sofía Montero.

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Álvaro Alves de Faría

Como é bom voltar sempre à Coimbra.

E agora por muitos motivos, pela poesia, por amar a cidade, pelos amigos todos que tenho aqui, por minha família que vive aqui tão perto, em Anadia. Tantos motivos para aqui sempre estar.

Antes de falar, quero agradecer ao amigo Antonio Vilhena, curador da Casa da Escrita que mais uma vez nos abre a porta em nome da poesia.

Agradecer ao amigo querido Jorge Fragoso que, mais uma vez, produziu este belo livro, num trabalho gráfico exemplar. Um homem de tamanha generosidade, que se entrega a esse trabalho com afinco e, principalmente, com uma dedicação difícil de se encontrar nos dias de hoje.

Agradecer imensamente ao pintor que fez as belíssimas ilustrações do livro. Enriquecendo-o sobremaneira.

Agradecer à querida amiga de sempre Graça Capinha, que vai apresentar este “A duas vozes”. Sempre digo e farei questão de repetir sempre: a Graça Capinha me abriu as portas de Portugal.

E agradecer, finalmente, à querida poeta Leocádia Regalo, que aceitou o convite de escrever este livro comigo. Foi um belo trabalho que fizemos, trocando e-mails, discutindo ideias e poemas. Um trabalho sobretudo digno e honesto, profundamente honesto, quando a poesia está a reclamar da falta de honestidade de muitos que se afirmam poetas.

Mais um livro nesta experiência poética a que me propus: escrever livros de poesia com a participação de mulheres poetas, um trabalho que procura revelar a diferença entre a poesia masculina e a poesia feminina.

Eu, particularmente, acho que a poesia é mulher. E acredito, também, que a mulher escreve poesia melhor que o homem, exatamente por ser ela mulher, mais observadora, mais sensível a tudo que a cerca. O olhar da mulher na poesia é outro, bem diferente do olhar masculino.

O primeiro livro desta série a que me propus realizar foi escrito com a poeta Montserrat Villar González, de Espanha, “De mãos dadas”, publicado inicialmente no Brasil e, a seguir, na Espanha, com o título “Com dos Almas por Palabra”.

Em seguida, escrevi o segundo livro com a poeta brasileira Thereza Christina Rocque da Motta, “Minha não contém palavras que não escrevo”, com um resultado surpreendente no que diz respeito à questão poesia masculina e poesia feminina.

E agora, este “A duas vozes”, escrita com a Leocádia Regalo, no qual seguiu-se a mesma linha poética dos livros anteriores. Trocamos palavras, respondemos um ao poema do outro, cultivando sempre a narrativa da poesia, cada um em seu universo poético, demonstrando exatamente essa questão da palavra da mulher e do homem.

Agora escrevo livro idêntico com uma poeta italiana e, a seguir, concluindo essa séria de cinco livros, escreverei com uma poeta da Colômbia. Todo esse trabalho reverterá, também, numa mostra de várias linguagens poéticas distintas. Mas, antes de tudo, uma mostra do que chamo de poesia feminina.

Esses livros, no final, mostram um mesmo poema, sempre continuado, num diálogo constante, um poema falando com o outro, como um poema em círculo, sem interrupção, já que, para existir, como está, um poema necessita do outro. Neste caso, a Leocádia e eu optamos pelo seguinte: o último verso do poema de um, é o primeiro verso do poema do outro. E foi assim até o final, como um poema sem fim.

Como os volumes anteriores, com Montserrat e com Thereza Christina, este “A duas vozes”, escrito com Leocádia Regalo, é mais um livro de poesia diferenciado, porque além da própria poesia em si, tem uma proposta na qual sobressai a figura da poeta mulher, com sua palavra, sua poesia, sua delicadeza e elegância na realização do poema.

E a poesia merece esse cuidado e esse zelo de poetas responsáveis que somos, aqueles que acreditam na poesia, que fazem da palavra esse mundo que se guarda nos segredos da vida para que, afinal, se possa viver essa poesia que deve ser respeitada em todos seus valores, os literários e os existenciais.                                  

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Dos voces entrañables de una y otra orilla del portugués

Alfredo Pérez Alencart

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Alves de Faria y Regalo, en la presentación (foto de  J. Alencar)

I.

 

Un privilegio inusual este: enhebrar algunos pareceres sobre una propuesta poética que enlaza a dos países y a dos poetas de un mismo idioma: el portugués. Dos voces que, al alimón, acomodan su canto o expresión a los versos que rematan cada poema, plegaria y gemido a la vez, o respiradero de escondidas venas.

 

 

 

II.

 

La buena Poesía de cierto que salva de los estragos momentáneos, pero también puede ayudar a  sobrellevar el caudal de desasosiegos que acompañan al ser humano: versos enfebrecidos o prudentes, cuales bombas que estallan a quemarropa o están repletas de jazmines; versos donde se contienen la sangre o los secretos del autor; ríos de amor o desamor; poemas de la tristeza de hoy y del tiempo subsecuente: todo confluye, también la abundancia del caos y la ordenación que abre surcos hacia el espíritu que nos abraza lejos de la manada de esquiroles. La buena Poesía puede tratar de ciertos instantes felices, todavía no carbonizados por la realidad más inmediata; pero también abordar lo sucedido a hombres y mujeres que llevan entre sus dedos unas violetas muertas o la documentación de innúmeras caídas.

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Álvaro Alves de Faia (foto de Jacqueline Alencar)

III.

 

Él aprieta en su puño las ramas arrancadas de un Paraíso que entiende extinto. Y todo pareciera ser Ex y/o ensayos finales en torno a la telaraña azul de la existencia.

 

Pero he ahí la poderosa fuerza de unas palabras que iluminan nuestra confianza en la Poesía. Lo escrito desde sus primeros libros de versos son frutos de una identidad que se expande indivisa, germinando una y otra vez, cuales cánticos llenos de vértigo y de necesidades. Por eso, en este nuevo aporte, balbucea lo que siente muy en sus adentros: “Busco la iglesia de los desesperados/ pero no sé las oraciones necesarias./ Mientras,/ me salva el silencio/ porque no tengo nada más que decir”.

 

Rebalsa sus silencios y rescata lo que esconde o guarda en sus pozos profundos. Y dice, ya en su condición de náufrago perpetuo: “No tengo donde llegar;/ la poesía me hirió para siempre”.

 

Él es Álvaro Alves de Faria, un Poetón que sabe de las previsiones del mañana. En tal sentido, sin buscarlo siquiera, se viste de resurrección, aunque se empeñe anotar: “Una marca de sangre en la piel/ se volvió mi identidad./ También la mirada, que se perdió para siempre”.

 

No obstante su confeso deseo de que las palabras posibles se nieguen a salir, todas se le presentan junto a sus lágrima reunidas, junto a la precisión de sus temores, junto a los cuchillos que la multitud olvida…

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IV.

 

 

 

Ella agradece el impulso para dar el salto más allá de cualquier parte: el paseo levantando el mar bajo enormes candelabros que alumbran con luz distinta a la artificial: la realidad encalla en sus párpados y escribe con las contraseñas requeridas, anotando: “…encuentro en el otro/ lado la voz que/ me despierta del letargo/ de las horas de renuncia”.

 

 

 

Poemas o cataplasmas que la alzan en vilo y permiten que sienta cómo crece su corazón desde el alba hasta el ocaso: y vuelta a la poesía al lado de un Poeta de gran temperatura. Así ella redime las jornadas, con sencillez, haciendo memoria y alejándose de las ornamentaciones: “Como si recordar fuese /el camino seguro/ para apaciguar la memoria/ el dolor de lo que perdimos”.

 

 

 

Ella es Leocádia Regalo, natural de un confín portugués donde siempre es posible que regrese: “Tal vez/ a una mesa puesta/ en el porche frente al mar/ con los frutos que la Isla me ofrece”. Pero también es de Coimbra, donde cultiva “las flores del amor cuando las guardo en un jardín secreto donde solo yo puedo entrar”. Lo recóndito, lo más íntimo al vaivén de la vigilia y del sueño. También del chubasco de quimeras y de las palpitaciones alrededor de lo inconfesable: “El jardín era entonces/ el refugio de los secretos/ dentro de mí/ guardados como lunas/ irradiando su luz/ difusa sobre los pasos/ que escucho en la noche”.

Leocádia Regalo (foto de Jacqueline Alencar)

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V.

 

 

 

Dos voces de un mismo idioma; dos acentos aclimatados en distintas latitudes: un hombre en diálogo con una mujer; dos poetas en un acercamiento de confidencias que trascienden fronteras, al ser inherentes a personas del mundo entero.

 

Veinte cantos o píldoras cada uno. Cuarenta textos alejados de toda placidez, cual mosaicos rotos que se recomponen tras su lectura de principio a fin.

 

 

 

El lenguaje y su temblor,

 

lo que nos abisma y nos hace despertar.

 

 

 

VI.

 

 

 

Alves de Faria talla inseguros laberintos o razones para el desasimiento. Pero también, en el fondo, reconoce el anclaje de una poesía entrañada, difícil de extirpar de nuestro ser: “La poesía no existe en esta sala/ de desasosiegos,/ la poesía no es,/ no se hace ni se siente,/ no alberga el silencio necesario,/ pero está debajo de la piel/ donde duermen/ todos los fragmentos”.

 

Regalo atestigua que, cuando la palabra ha sido limpiada de las muchas capas de grasa o basura que la recubre, bien puede ofrecernos alguna maravilla que nos vivifique: “Así pues, la convicción de la palabra/ pueda serenar/ o agitar/ las aguas profundas/ del justo latido. // Porque una sola palabra/ basta para dibujar la curva del asombro”.

Jacqueline Alencar leyendo una de sus traducciones de los poemas de Leocádia Regalo (foto de Joao Rasteiro)

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Alencart presentado a los poetas Alves de Faria y Regalo (foto de Jacqueline Alencar)

VII.

 

 

 

Brasil y Portugal, y viceversa: unidos poéticamente por Álvaro y Leocádia. El primero, sin duda el más portugués de los poetas brasileños; la segunda, una portuguesa que va camino de abrasileñarse o de profundizar en la cultura de Brasil. El hecho de ser de las islas Azores le concede una enorme ventaja en esta travesía.

 

 

 

Para ambos, y por este magnífico ejercicio,

 

quede impreso mi aplauso y mis afectos.

Alfredo Pérez Alencart

 

Septiembre y en Tejares (2018)

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Leocádia Regalo, Álvaro Alves de Faria, A. P. Alencart y Jacqueline Alencar, autores y traductores del poemario, en el claustro del Colegio Fonseca de la Universidad de Salamanca

(*) Este texto es el pórtido del libro ‘A duas voces / A dos voces’, del brasileño Álvaro Alves de Faria y de la portuguesa Leocádia Regalo. La traducción al castellano fue hecha por Alfredo Pérez Alencart y Jacqueline Alencar. Se publicó bajo el sello de Trilce Ediciones y se presentó en el Centro de Estudios Brasileños de la Universidad de Salamanca el pasado 16 de octubre, dentro de las actividades del XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos

A DOS VOCES  (EL NORTE DE CASTILLA) logo-237-bco

Clauder Arcanjo: Colóquio silente a três vozes

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Procuro a igreja dos desesperados,

 

mas não sei as preces necessárias.

 

No entanto,

 

salva-me o silêncio

 

porque nada mais tenho a dizer.

 

Dizer o quê? Se ainda persiste, na porta desta igreja, Álvaro, o vazio silente de outrora. Dois bêbados ressacados, três damas corcundas e um vate a clamar, com palavras ocas, por um Deus abnegado, mesmo sem saber rezar a prece digna de um excomungado.

 

Renasço para o enigma

 

da constante pulsação do mundo

 

transformada em dádiva.

 

Dádiva que quanto mais a recebo, Regalo, mais devo. Que quanto mais a desejo, mais nela não creio. Dádiva que me põe em degredo, na terra maldita dos poetas proscritos. Insisto em meu óbolo, mas o inferno está cheio e não nos espera. Ainda.

 

A poesia foi me enlouquecendo aos poucos,

 

quando pensei em reagir

 

não dava mais tempo.

 

Não dava mais tempo, poeta Álvaro, porque a poesia é nosso arcabouço. Ela nos entra, argila, constrói, desatina, amortece, assassina… Enfim, põe-nos ao chão, ao tempo em que nos sublima. Não se reage ao seu canto de sereia, estro de estrela e má sina.

 

Ainda faltam eras

 

para encontrar a resposta

 

que me fará achar

 

futura a profecia

 

lentamente sussurrada

 

na concha com que te ouço.

 

Na concha com que te ouço, Leocádia, há um regalo de trovas líricas. Enquanto, lá fora, capto um arremedo de sobrosso dentro de duas estrofes proféticas, a anunciar-nos a vinda de um porvir em alvoroço. Porvir de uma era desregrada em que imperarão o ócio e o barulho, tempo a me desesperar com o império do grito como resposta, bem como a tirania do ódio a todos imposto.

 

A poesia é só o instante do momento,

 

esse momento do instante

 

que se perde

 

num lamento…

 

Num lamento em que me esvaio por inteiro, poeta Álvaro, em que os versos revelam o reverso de mim, dentro de um espelho torto em que me vejo partido ao meio: metade da metade de mim, dentro da metade do meio de um instante outro.

 

Nada mais tenho a fazer por aqui

 

enquanto a poesia não chegar

 

com a inteira permissão dos deuses vigilantes

 

atentos à viagem vivida

 

em lapsos de pura eternidade.

 

Pura eternidade, eu sei, que se esvai no fumo deste enquanto. Enquanto tu pensas em partir, Leocádia Regalo, ouço a poesia a nos chamar, a nos convocar, pedido dos deuses, para uma nova e difícil viagem. Viagem vívida esta que se iniciará nos rastros parcos da espinhosa imortalidade.

 

Mas sei ainda sentir o mundo

 

que guardo no meu espanto

 

que trago grudado na pele

 

como uma costura irreversível.

 

Uma costura irreversível que, pela mão ossuda do Destino, ao desfiar a dor do mundo, decifrará o espanto que nos oprime a pele cosida. Com o tempo, eis que surgirá a seda que enternece o sono nosso, Álvaro. E, quanto mais o sonhar nos transpuser para uma terra distante, perceberemos que a semente antiga lá só rebrotará se a enfiarmos no solo árido com sangue, fé, suor e dor.

 

O silêncio que me envolve

 

é por vezes atingido

 

por um rumor longínquo

 

que se instala junto ao peito

 

definitivo e obsessivo.

 

Definitivo e obsessivo, eu mergulho no silêncio de um torpor longínquo, Leocádia, em que o único regalo que por vezes tenho direito é uma chaga viva que cativo dentro do peito. Chaga que me dilacera carne e espírito, quando os versos não revelam (nem atingem) o que se passa em mim.

 

Das coisas todas

 

que vivi,

 

só lembro

 

as que esqueci.

 

As que esqueci, coisas de suprema lembrança, foram vividas em noites insones. Nelas, não dormia, Álvaro Alves de Faria, não descansava, não sonhava… enquanto as reminiscências cavavam seu fosso profundo do esquecimento no valão da madrugada fria.

 

Mas o sopro da aventura

 

insuflou de sonhos o voo rasante

 

até se infundir em mim

 

um doce rasgo de confiança e prece.

 

Confiança e prece, Leocádia Regalo, qual vento de remissão soprado sobre a desventura dos meus dias, a insuflar uma vela solitária no barco do meu degredo. E eu, marinheiro de um rio seco, a sonhar com a odisseia de um Hades qualquer.

 

Essa leveza que leve leva e lava o poema

 

da aridez que corta a palavra

 

que a poesia esconde no seu universo,

 

esse aberto ferimento

 

na sílaba de uma faca de silêncios.

 

Na sílaba de uma faca de silêncios, eis que tudo se faz verbo aberto neste momento. Verbo intenso e pesado como a potência de uma pluma que, quanto mais leve leva e lava o tempo, mais a palavra se apresenta em poético deslumbramento. A minha poesia é aridez, leveza e silêncio, Álvaro.

 

Como se recordar fosse

 

o caminho certo

 

para a memória sossegar

 

a dor do que perdemos.

 

A dor do que perdemos, poetisa Leocádia, é demais para tão curto caminho. Precisaríamos, suspeito eu, da eternidade do infinito para sossegarmos certas memórias, baú com tantas ossadas do que foi, outrora, apenas meros sonhos meus.

 

Hoje tarda a tarde

 

no bolso de meus anoiteceres,

 

onde guardo as pedras

 

que me cobrem os pés

 

e os rumos que gostaria de descobrir.

 

Gostaria de descobrir o sopro de uma nova tarde, tarde que não tardasse a encher nossos bolsos, Álvaro e Leocádia, com uma primavera de luares utópicos, a nos cobrir os pés lacerados de rumos, rosas e prumos, a fim de sermos humanos, apesar dos seguidos (e muitas vezes imerecidos) anoiteceres.

 

Devagar entro

 

na noite do poema.

 

Por ora, salva-me o silêncio/ porque nada mais tenho a dizer.

 

 

CLAUDER ANTONIO ARCANJO, POETA BRASILEIRO, RIO GRANDE DO NORTE

 

Nota: versos extraídos da obra A duas vozes – A dos voces, de Álvaro Alves de Faria y Leocádia Regalo (Salamanca: Trilce Ediciones, 2018).

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Clauder Arcanjo

DISCURSO DE POETA ÁLVARO ALVES DE FARIA NA CASA DA ESCRITA, EM COIMBRA

PALAVRAS DE LEOCÁDIO REGALO

APRESENTAÇÃO DO ESCRITOR ESPANHOL JUAN CARLOS MARTIN COBANO

PREFÁCIO DA EDIÇÃO ESPANHOLA DO POETA ALFREDO PEREZ ALECENCART, DA UNIVERSIDADE DE SALAMANCA

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