POETA CUBANA LILIAN MORO

A poeta cubana Líliam Moro foi a vencedora do Prêmio Internacional Pilar Fernández Labrador, um dos mais importantes da Espanha, para Poesia. A convite do poeta peruano-espanhol, Alfredo Pérez Alencart, da universidade de Salamanca, escrevi o prefácio do livro. Uma honra para mim. Nesta página você verá o prefácio em espanhol e em português, tradução de Alfredo Pérez Alencart.

Álvaro

Alves
de Faria

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LIBRO EDITADO POR LA DIPUTACIÓN

La extraña poesía de Lilliam Moro

El reconocido poeta brasileño Alvaro Alves de Faria, Huésped Distinguido por Salamanca, escribe sobre ‘Contracorriente’, obra ganadora del IV Premio Internacional Pilar Fernández Labrador

O Poeta

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Lilliam Moro leyendo ante Elías, Salas, Fernández Labrador, Pérez y Barrera (foto de José Amador Martín)

La poesía debe tener carácter. Aquel sentimiento que la poesía exige del poeta que se busca y se traduce con la palabra que tantas veces hiere. La poesía está en el sentido contrario del mundo, cada vez más distante de los que todavía cultivan sensibilidades y gestos de solidaridad. La poesía no quiere vivir de experiencias. La poesía es la palabra indignada, aquella que recoge los pedazos, aquella que busca en la memoria el tiempo amargo de las circunstancias.

Es lo que narra la poeta cubana Lilliam Moro en su “Contracorriente”, que discurre su poema con el respeto, palabra a palabra, verso a verso, construyendo un tejido extraño del que la poesía siempre se merece. La poeta está siempre ante sí misma y deja que las palabras nazcan, aún delante del horror de un tiempo sin salida. El horror continúa. Corresponde al hombre hacer su propia historia.

Para la poeta Lilliam Moro, el poeta es aquel equilibrista que camina sobre la cuerda finísima del caos, de lo que está roto, de lo que dejó de existir y vive una memoria casi apagada, donde las imágenes se pierden y las palabras se mutilan en las sombras. Corresponde al poeta reconstruir y juntar los pedazos y transformar todo en poesía, lo que se salva todavía en lo lírico casi imposible en un tiempo de absoluta negación. Ese momento en que todo cae encima de la propia intimidad. Entonces es necesario saltar sobre el miedo sin red protectora, como un trapecista que intenta todo y muchas veces siente la caída, pero sin tocar el fondo porque hasta la profundidad tiene su límite.

De esta forma el poeta se descubre, como reinventando la propia vida que seguirá. Las palabras desaparecen. Las personas también. Es necesario, entonces, conversar interiormente con los versos posibles, en busca de uno mismo, el poeta que se pierde entre los escombros. El poeta grita, pero nada oye. Ante ese escenario de incertidumbres, fraudes, desencuentros y desencantamientos, Lilliam prefiere perfeccionar su silencio en la palabra que no se dice, la mímica del alma, para decir lo que siente. La poeta afirma, con angustia, a los que todavía sienten, que no valió la pena.

Los poemas de Lilliam Moro atraviesan el caos de este tiempo con los pasos decididos para encontrar las salidas y lo que queda de todo, de un mundo sin cordialidades, árido para los sobrevivientes. Entonces es necesario ser un equilibrista en una cuerda que está por romperse, deshaciendo la vida de los que todavía sienten y quieren vivir. En verdad, es necesario ser un equilibrista que camina sobre la delgada cuerda del caos en un circo de espectadores ciegos. Un circo que puede representar esa inmensa soledad que alcanza al hombre en su lucha por la vida, herido como está, pero es necesario continuar, ser ese equilibrista que atraviesa el tiempo de sí mismo con las manos que sangran. La poeta observa que tiene el vicio de conversar con ella misma, en un lenguaje de figuras retóricas. No importa el momento, porque habla con naturalidad de las voz y de todas las cosas que la cercan. No es necesario decir, porque esta poesía va más allá de la propia palabra, porque revela el espíritu y los secretos guardados como cosidos en la piel.

Conmovedora la sección de “Contracorriente” que dialoga con varios poetas, en una palabra fraterna, nostálgica, aquel gesto que se guardó en el tiempo para revelarse después, mucho tiempo después. Los poetas que dejaron sus poemas como marcas de su tiempo, de la propia vida. Conmovedor porque las palabras de la poeta suenan como una inmensa nostalgia que salta de la boca como un gesto de quien llega y abre la puerta para volver a ver a los amigos de una poesía que hace un retrato en poemas de fina ejecución. Una palabra de homenaje que solo una poesía seria y honesta como la de Lilliam puede proporcionar. También conmueve el espacio que la poeta reservó en el libro para la melancolía, una cosa palpable, un corte, una herida. Aquella cicatriz que queda adherida a la piel, la señal de un tiempo que conversa con las ausencias y el propio silencio que entra en la vida negando la palabra.

Esa melancolía que persiste en existir en todo, en la memoria que no muere y esta siempre viva para mostrar fotografías del pasado, igual que aquel día cuando la poeta llegó a Madrid y recorrió los rostros de la gente que estaba en una cafetería, observando su propio rostro casi extraño a sí misma. También es necesario conversar con el tiempo, para que el tiempo sea el espejo de las cosas que se acabaron. Arrancar del tiempo todo lo que dejó de existir y pertenece a otro plano de vida, el del olvido. Pero no es posible olvidar. Hay momentos en que se llega delante de un espejo y la poeta dice: “Ese rostro que ves no es el tuyo”. Así también es ese despojamiento de todo.

Llega una hora que ya no es posible olvidar. Conversar con ese tiempo desaparecido equivale a hablar con la poesía, sabedores que siempre la memoria es el lugar del caos y de las cosas que morirán, de lo que dejó de existir, el gesto, los pasos, la palabra que se corta en la garganta y no se deja decir. Entonces es necesario buscar el camino que conduzca al verso que no fue escrito, a la poesía que deja de existir, al poema que se apaga, al silencio sagrado, a los abrazos perdidos.

Es necesario llegar a esa esperanza prohibida por ley para siempre. Pero la ley no puede negar la vida, nunca negará la vida. Porque la vida existe y es vivida también en el tropiezo. También es preciso buscar el camino, como dice la poesía de Lilliam Moro, para, finalmente, abrir el mundo y vivir ese mundo con la intensidad absoluta del ser. Lilliam dedica partes de su libro a las palabras que se dice en el silencio de sí misma para, después, escribir las palabras que solamente ella podrá leer. La poeta dice en un poema que grita, pero nadie oye, por eso perfecciona su propia ausencia. Al poeta Rubén Darío ella afirma que también siente el dolor de seguir viva todavía. A Reinaldo Arenas observa que él fue el impulso de la sobrevivencia. Lo que vale es la libertad de vivir. A Gastón Baquero, Lilliam dice que está prohibido pensar en el pasado porque todo, a partir de ahora, es lo nuevo, lo inédito. Recuerda a Lydia Cabrera, que pintaba piedras con un pincel de espumas y los colores del arcoíris.

Un momento de una poesía lírica que todavía existe en el lenguaje de los poetas que conocen su oficio de escribir. Es así el sentimiento de tener el sueño exiliado por las sombras, las manos que tocan en las puertas que no se abren y las ventanas siempre cerradas a una poesía que, además de todo, se revela amorosa, en busca del recuerdo, de las imágenes todavía conservadas en forma de poesía. Lo poetas mueren. Se suicidan al vivir. Los poetas que no creen en la certeza y prefieren arañar en la vida para descubrirse a sí mismos. Mientras tanto, la muerte no significa ser libre. La libertad es otra cosa. Ser libre es poder volar, especialmente cuando la esperanza es perversa y está prohibida por ley para siempre. Significa prohibir la vida. Significa no poder ir a las plazas y a las calles con el poema para decirlo. Los oídos están atentos, pero también están adormecidos.

Nada es para siempre. Nada. Las cosas todas no son definitivas, ni la brutalidad de la poesía, la realización del poema. El abrazo del amigo, lo que deja de ser, de repente, esa libertad que siempre habrá de ser conquistada. El poema “El equilibrista” explica mejor esa travesía, cuando el hombre se pone frente a sí mismo y sabe que tiene que seguir aunque sea entre las sombras. Es difícil pero no imposible.

La poeta Lilliam Moro sabe de eso. Por tal motivo, este libro “Contracorriente” es un testimonio de su tiempo. Es también una poesía de afectos y de amarguras. La palabra del alma exiliada que intenta vivir y que todavía queda de la poesía lejos de la patria envuelta en los lamentos. Vale esa búsqueda de siempre, para que la vida pueda vivir. La vida siempre habrá de vivir. Aunque sea delante de los muros, de los silencios, de las ausencias, de la palabra cortada, de la boca herida. La vida siempre habrá de vivir.

Traducción de A. P. Alencart

Sobre el autor

Álvaro Alves de Faria (São Paulo, Brasil, 1942), pertenece a la Generación de los 60. Autor de más de 50 libros de poesía, novela, relatos, ensayo literario, teatro,… Como periodista cultural recibió dos veces el Premio Jabuti y tres veces el Premio Especias de la Asociación Paulista de Críticos de Arte. Como Poeta, así le gusta definirse, ha recibido los premios más importantes del país y ha participado en Encuentros Internacionales en Brasil, Coimbra, Salamanca. Su gran número de publicaciones poéticas, novelísticas, teatrales,… hace imposible una enumeración. Aunque la mayor parte de obras poéticas de Brasil se encuentran recogidas en Trajectória poética (2003) y toda su obra poética portuguesa en Alma gentil / Raízes (2010). Salamanca, a través de su Ayuntamiento, le homenajeó el año 2007, dentro del XI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, declarándole Huésped Distinguido y publicando una antología de su abra bajo el título “Habitación de olvidos”(Edifsa, 2007, con traducción de A. P. Alencart). Posterioremente a esa fecha se han publicado varios libros más en castellano, traducidos por Alencart y, especialmente, por Montserrat Villar Domínguez.

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REPERCUSSÃO EM REVISTA ARGENTINA

poesia

Esta poeta “está siempre ante sí misma y deja que las palabras nazcan, aún delante del horror de un tiempo sin salida. El horror continúa. Corresponde al hombre hacer su propia historia”, agrega

Las apreciaciones del poeta Álvaro Alves de Faria sobre la obra de Lilliam Moro fueron publicadas en Salamanca Al Día RTV, con traducción del poeta y editor peruano-español Alfredo Pérez Alencart.

Nacido en Sao Paulo en 1942, Alves de Faria es también novelista, ensayista y dramaturgo. Por su obra poética recibió premios en su país y en el exterior.

Siempre en función de la lectura de “Contracorriente”, libro con lo que la autora cubana ganó el Premio Pilar Fernández Labrador, que se otorga en Salamanca, el autor brasileño dice sobre Moro que ante “incertidumbres, fraudes, desencuentros y desencantamientos, “prefiere perfeccionar su silencio en la palabra que no se dice, la mímica del alma, para decir lo que siente. La poeta afirma, con angustia, a los que todavía sienten, que no valió la pena”.

Así, los poemas de este libro “atraviesan el caos de este tiempo con los pasos decididos para encontrar las salidas y lo que queda de todo, de un mundo sin cordialidades, árido para los sobrevivientes. Entonces es necesario ser un equilibrista en una cuerda que está por romperse, deshaciendo la vida de los que todavía sienten y quieren vivir. En verdad, es necesario ser un equilibrista que camina sobre la delgada cuerda del caos en un circo de espectadores ciegos”.

“Un circo -prosigue el poeta brasileño- que puede representar esa inmensa soledad que alcanza al hombre en su lucha por la vida, herido como está, pero es necesario continuar, ser ese equilibrista que atraviesa el tiempo de sí mismo con las manos que sangran. La poeta observa que tiene el vicio de conversar con ella misma, en un lenguaje de figuras retóricas. No importa el momento, porque habla con naturalidad de la voz y de todas las cosas que la cercan. No es necesario decir, porque esta poesía va más allá de la propia palabra, porque revela el espíritu y los secretos guardados como cosidos en la piel”.

Tras otras consideraciones, define a “Contracorriente” como “un testimonio de su tiempo” y “una poesía de afectos y de amarguras. La palabra del alma exiliada que intenta vivir y que todavía queda de la poesía lejos de la patria envuelta en los lamentos. Vale esa búsqueda de siempre, para que la vida pueda vivir. La vida siempre habrá de vivir”.

A POESIA RARA

A poesia há de ter caráter. Aquele sentimento que a poesia exige do poeta que se busca e se traduz com a palavra que tantas vezes fere. A poesia está na contramão do mundo, cada vez mais distante dos que ainda cultivam sensibilidades e gestos de solidariedade. A poesia não quer viver de experiências. A poesia é. A poesia é a palavra indignada, aquela que recolhe os pedaços, aquela que busca na memória o tempo amargo das circunstâncias. É o que narra a poeta cubana Lilliam Moro neste “Contracorriente”, que discorre seu poema com o respeito, palavra por palavra, letra por letra, verso por verso, construindo um tecido raro que a poesia sempre haverá de merecer. A poeta está sempre diante de si mesma e deixa que as palavras nasçam, mesmo diante do horror de um tempo sem saía. O horror continua. Cabe ao homem fazer sua própria história. Para a poeta Lilliam Moro, o poeta é aquele equilibrista que anda sobre a corda finíssima do caos, do que está quebrado, do que deixou de existir e vive uma memória quase apagada, onde as imagens se perdem e as palavras se mutilam nas sombras. Cabe ao poeta reconstruir e juntar os pedaços e transformar tudo em poesia, o que se salva ainda no lírico quase impossível num tempo de absoluta negação. Ess momento em que tudo cai em cima da própria intimidade. Então é preciso saltar sobre o medo sem a rede protetora, como um trapezista que tenta tudo e muitas vezes sente a queda, mas sem tocar no fundo, porque até a profundidade tem seu limite. Assim o poeta se descobre, como a reinventar a própria vida a seguir. As palavras desaparecem. As pessoas também. É preciso, então, conversar por dentro os versos possíveis, em busca de si mesmo, o poeta que se perde entre os escombros. O poeta grita, mas nada se ouve. Diante desse cenário de incertezas, descaminhos, desencontros e desencantamos, Lílliam prefere aprimorar o seu silêncio na palavra que não se diz, a mímica da alma, para dizer o que sente. A poeta afirma, com angústia, aos que ainda sentem, que não valeu a pena. Os poemas de Lilliam Moro atravessam o caos deste tempo incerto com os passos decididos para encontrar as saídas e o que resta de tudo, de um mundo sem cordialidades, árido para os sobreviventes. Então é mesmo necessário ser um equilibrista numa corda que vai quebrar, desfazendo a vida dos que ainda sentem e querem viver. Na verdade, é preciso ser esse equilibrista que caminha sobre a fina corda do caos num circo de espectadores cegos. Um circo que pode representar essa imensa solidão que atinge o homem em sua luta pela vida, ferido que está, mas é preciso prosseguir, ser esse equilibrista que atravessa o tempo de si mesmo com as mãos que sangram. A poeta observa que tem o vício secreto que conversar consigo mesma, numa linguagem de figuras retóricas. Não importa o momento, porque fala com a naturalidade da voz e das coisas todas que a cercam. Não é preciso dizer, porque esta poesia vai além da própria palavra, porque revela o espírito e os segredos guardados como se costurados na pele. Comovente a parte de “Contracorriente” que dialoga com vários poetas, numa palavra fraterna, nostálgica, aquele gesto que se guardou no tempo para revelar depois, muito tempo depois. Os poetas que deixaram seus poemas como marca de seu tempo, da própria vida. Comovente porque as palavras da poeta soam como uma saudação que salta da boca como um aceno de quem chega e abre a porta para rever os amigos de uma poesia que faz um retrato em poemas elegantes. Uma palavra de homenagem que só uma poesia séria e honesta como esta de Lilliam pode proporcionar. Igualmente comove o espaço que a poeta reservou no livro para a melancolia, uma coisa palpável, um corte, um ferimento. Aquela cicatriz que fica grudada na pele, a marca de um tempo que conversa com as ausências e o próprio silêncio que entra na vida negando a palavra. Essa melancolia que persiste existir em tudo, na memória que não morre e está sempre viva a mostrar fotografias do passado, igual aquele dia em que a poeta chegou a Madri e percorreu as faces das pessoas num Café, observando seu próprio rosto quase estranho a si mesma. É mesmo preciso conversar com o tempo, para que o tempo seja o espelho das coisas que se findaram. Arrancar do tempo tudo que deixou de existir e pertence a um outro plano da vida, o do esquecimento. Mas não é possível esquecer. Há momentos em que se chega diante de um espelho e a poeta diz: “Esse rosto que vês não é o teu”. É também assim esse despojamento de tudo. Chega uma hora que não é mais possível esquecer. Conversar com esse tempo desaparecido equivale falar com a poesia, sabendo-se, sempre, que a memória é o lugar do caos e das coisas que morreram, do que deixou de existir, o gesto, os passos, a palavra que se corta na garganta e não se deixar dizer. Então é preciso buscar o caminho que conduza ao verso que não foi escrito, à poesia que deixa de existir, ao poema que se apaga, ao silêncio sagrado, aos abraços perdidos. É preciso chegar nessa esperança perversa proibida por lei para sempre. Mas a lei não pode negar a vida, nunca negará a vida. Porque a vida existe e é vivida mesmo no tropeço. É mesmo preciso buscar o caminho, como diz a poesia de Lilliam Moro, para, afinal, abrir o mundo e viver esse mundo com a intensidade absoluta do ser. Lilliam dedica trechos de seu livro às palavras que se diz no silêncio de si mesma para, depois, escrever as palavras que somente ela poderá ler. A poeta diz num poema que grita, mas ninguém ouve, por isso aperfeiçoou-se à própria ausência de si. Ao poeta Rubén Dario, ela afirma que também sente a dor de ainda seguir viva. A Reinaldo Arenas, observa ter sido ele o impulso da sobrevivência. O que vale é a liberdade de viver. A Gastón Baquero, Lilliam diz que está proibido pensar no passado porque tudo, a partir de agora, é o novo, o inédito. Lembra de Lydia Cabrera, que pintava pedras com um pincel de espumas e as cores do arco-iris. Um momento de uma poesia lírica que ainda existe na linguagem dos poetas que conhecem o seu ofício de escrever.É assim o sentimento de ter o sonho exilado pelas sombras, as mãos que batem nas portas que não se abrem e as janelas sempre fechadas a uma poesia que, a par de tudo, também se revela amorosa, em busca da lembrança, das imagens ainda guardadas em forma de poesia. Os poetas morrem. Suicidam-se ao viver. Os poetas que não acreditam na certeza e preferem mergulhar na vida em sua própria descoberta. No entanto, a morte não significa ser livre. A liberdade é outra coisa. Ser livre é poder voar, especialmente quando a esperança é perversa e está proibida por lei para sempre. Significa proibir a vida. Significa não poder ir às praças e às ruas com o poema para dizer. Os ouvidos estão atentos, mas também estão adormecidos. Nada é para sempre. Nada. As coisas todas não são definitivas, nem a brutalização da poesia, a realização do poema. O abraço do amigo, o que deixa de ser, de repente, essa liberdade que sempre haverá de ser conquistada. O poema “El Equilibrista” explica melhor essa travessia, quando o homem se depara diante de si mesmo e sabe que tem de seguir mesmo entre as sombras. É difícil, mas não impossível. A poeta Lilliam Moro sabe disso. Por isso, este livro “Contracorriente” é um testemunho de seu tempo. É também uma poesia de afetos e de amarguras. A palavra da alma exilada que tenta viver o que ainda resta da poesia longe da pátria envolvida nos lamentos. Vale essa procura de sempre, para que a vida possa viver. A vida sempre haverá de viver. Mesmo diante dos muros, dos silêncios, das ausências, da palavra cortada, da boca ferida. A vida sempre haverá de viver.

São Paulo/Brasil

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